Puertas de Hierro: los Cárpatos y los Balcanes desde el Danubio

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Si se dejan llevar por la épica de su nombre, algunos pensarán que las Puertas de Hierro son el capítulo que remata una novela de aventuras medieval; otros, que se trata de la más gloriosa fragua de la pujante Yugoslavia de Tito; otros creerán que hasta aquí ha llegado su camino y algunos se sentirán intimidados a la hora de adentrarse en este escenario que bien podría ser la portada de un disco de heavy metal o la fase final de un videojuego de rol.

Aunque ninguno acierte por completo, ninguno se equivoca del todo. Cualquier mitología se queda corta ante este desfiladero que acoge uno de los paisajes más imponentes de los casi 2.500 km del cauce del Danubio.

Los paisajes más imponentes de los casi 2.500 km del cauce del Danubio

Las localidades rumanas de Orsova o Eselnita son los puntos más habituales para encaramarse a la naturaleza y patrimonio que rodea este inmenso embalse, acotado por las presas de las Puertas de Hierro I y II, que le dan nombre. Pero merece la pena acometer la visita desde algo más al sur, llegar a la región desde los colores apagados de la gran llanura rumanafronteriza con Bulgaria, para apreciar el contraste que aquí forman las escarpadas montañas.

En concreto, es en Drobeta-Turnu Severin donde se dibujan las primeras formas del nuevo paisaje y donde permanecen los últimos vestigios de toda la historia que este reducido territorio acoge. Una tarde basta para visitar esta ciudad de casi dos mil años, cuya muralla bizantina, en buen estado, corona la vista al río.

Aquí se conservan dos de los veinte pilares de uno de los mayores hitos de la ingeniería romana: el puente de Trajano (o de Apolodoro), que con sus más de 1.100 metros fue el más largo del mundo cuando se construyó en el 103 a. C. para abastecer a las tropas romanas que habían invadido Dacia.

Un siglo y medio después, Aureliano lo demolería al retirarse de la región, para evitar posibles invasiones desde el este. En Kladovo, en la ribera opuesta, los restos son más visibles.

Drobeta-Turnu Severin

Este ‘ya-no-puente’ es el aperitivo de las Puertas de Hierro. Según se asciende el río hacia el norte, las llanas orillas de Drobeta-Turnu Severin se envalentonan para formar, en cuestión de pocos kilómetros, un imponente cañón de rocosas paredes verticales, que separan las estribaciones de los Balcanes y el nacimiento de los Cárpatos, una garganta áspera y cubierta por la vegetación que en los otoños se convierte en manto dorado y esponjoso.

La orografía se complica y el autobús deja atrás más y más puentes sobre afluentes y salientes del río. Rodea meandros con monasterios de madera, torretas oxidadas y alguna que otra estructura industrial en la orilla serbia, cuyo abandono explica por qué los rumanos siguen refiriéndose a ella como Yugoslavia.

El modesto vehículo de quince plazas se detiene en medio de la nada para que los viajeros se zambullan entre los árboles, como misteriosos habitantes del cuento en que vivimos.

En Orsova nos encontramos la réplica de la ciudad que una vez fue: puerto clave para los vapores que recorrían el Danubio, se anegó tras la construcción de la presa y acabó siendo replicada al nuevo nivel del río, unos 35 metros más arriba, donde se mantiene como el punto de salida de la mayoría de barcos turísticos.

El tiempo no pasó en balde y a sus pequeñas casas y apeaderos se suman viviendas de la Rumanía socialista, incluyendo una joya del brutalismo: la catedral de la Inmaculada Concepción (1976). Aunque orientada a los visitantes, el turismo presenta una cara amable y el ambiente permea la vida tranquila de una población que vive de la naturaleza y su entorno.

Monasterio de Mraconia

Desde uno de sus pequeños embarcaderos, navegamos hacia el norte a través del embalse formado por las presas hidroeléctricas, sobre el que yace, como una Atlántida euroasiática, gran parte del patrimonio romano, otomano, rumano y serbio que durante siglos alimentó a la región.

Partimos sobre la isla de Ada Kaleh, antigua Orsova y punto de contrabando que perteneció al Imperio Otomano, a Austria y finalmente a Rumanía, hasta que sus habitantes se exiliaron a la actual Turquía. Sus murallas fueron aprovechadas para la construcción de la presa, según cuenta el barquero. Del lado serbio, aparece la Tabula Traiana, una placa romana que conmemora la construcción del puente trajano de Drobeta-Turnu Severin y que fue trasladada a esta parte del embalse para su conservación.

La ruta termina en un remanso del río, donde aparece una excentricidad difícil de entender: la cara de Decébalo, cuyo reino Dacio fue invadido por Trajano. Con cuarenta metros de alto, es la escultura en piedra más alta de Europa, diseñada en los noventa por un historiador que quería hacer historia. No queda claro si su expresión de autoridad póstuma se presta más a la admiración, a la burla o al susto.

Pero una vez libres de su mirada, enfilamos una hora de navegación a través de esta atmósfera pura y este Danubio manso, solo alterado por las pequeñas olas que llegan de las escasas embarcaciones que circulan en el entorno.

El rostro de Decébalo tallado en la roca

Ante esta tranquilidad cuesta creer que, durante el siglo XIX, los pedregosos fondos del río y sus corrientes salvajes obligaran a los barcos a remontar su cauce por tierra, arrastrados por caballos o locomotoras de vapor, como recoge el periodista Nick Thorpe. Tras estos rápidos furibundos, llegaban al cercano Trikule, donde todavía emergen del agua las torres de su castillo del siglo XIV, también víctima del embalse.

Castillos, cuevas como Ponicova o la ciudad balneario de Baile Herculane nos abren paso al resto de una Rumanía policromática, cuyo noroeste moderno y dinámico sirve de puente entre esta herencia romana y otomana hasta su futuro integrado en Europa.

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